Réquiem en re menor
Un par de días después desperté con una sensación de que iba a ser un buen día. Ya mi repentina enfermedad no estaba y gracias a mi hermano mayor me sentía mucho mejor. Me sentía confiado y seguro ya que había avanzado mucho con mi escritura que estaba trabajando los días que estuve en cama.
El colegio se me hizo un tanto largo pero todo cambió cuando la profesora de castellano leyó mis escritos y me respondió con un “Interesante pero algo tosco, me gustaría leer un poco más en un futuro si me lo permitieses”. Esas palabras me daban vida, me animaban a seguir escribiendo más. Luego de clases quise pasear por el teatro, seguir con aquella rutina que tanto amaba y extrañaba, darle sorbos a aquel elixir amargo que tanto me gustaba y que tanto me inspiraba además tal vez podía ver a Elisa de nuevo y charlar nuevamente con ella para contarle todo lo sucedido en aquellos días. Tomé un autobús hasta El Boulevard de Sabana Grande y de allí caminé hasta la estación del metro más cercana.
Mientras esperaba el subterráneo pensaba acerca de la vida, se asemejaba mucho a estar en un subterráneo ¿no lo creen?, Cada vez que llega un tranvía las puertas se cierran tan rápido que solo los afortunados pueden llegar a entrar y llegar hacia sus destinos mas rápido, mientras que lo que no pueden lograrlo solo se quedan esperando el próximo viaje, aunque se quedarán esperando hasta que la vida pase y deje sus marcas en ellos.
El aire caliente que emanaba los túneles me hicieron reaccionar, dos luces que titilaban se asomaban al final del camino. El metro se acercaba a toda marcha. La muchedumbre se acercaba al andén mientras se detenía lentamente y al abrir las puertas entré y me senté en un asiento muy cercano a las puertas. El tren se tambaleaba bruscamente de un lado a otro, las personas solo se sujetaban de los pasamanos y algunas solo bostezaban mientras que el sonido de la llegada a la estación les daba aviso a los inquietos pasajeros. Después de unas 4 paradas llegué a mi destino y saliendo por las puertas de color amarillento y vidrios tintados subí directamente hacia la superficie.
El olor de la basura y ese olor acre de la orina eran insoportables pero esos eran los olores que se hacían notar mientras subías las escalinatas que abren paso hacia la estación Bellas Artes. Los jardines Organoponicos ambientaban la estación de manera agradable pero los vendedores ambulantes con su música a todo volumen y sus mesas acaparando la mayor parte de la acera daban mucho de que desear. Caminé tratando de esquivar a varios de los peatones y a los tarantines que me encontraba a mi paso hasta llegar a la pasarela de la avenida las Américas. Al llegar a la mitad vi como a lo lejos se veían las famosas torres del silencio. Termine de pasar y deambule por las tiendas del hotel Hilton Caracas. Observar aquellos lindos objetos a los que yo solo podía aspirar en sueños me parecía fascinante. Crucé la calle y atravesé a un paso a la vez el teatro. La melodía triste de un violín se escuchaba a lo lejos y yo solo me enfocaba en llegar al café.
El café estaba desierto, las mesas redondas y las sillas “chuecas” se encontraban desoladas. La señorita que atendía la caja sonreía amenamente mientras leía una novela rosa vieja. Me senté y escribí una vez mas en mi libreta, quería dejar todas las sensaciones que experimentaba mientras aun estaban frescas en mi memoria. Dejé el lápiz sobre la mesa y me levanté. Llegue a la barra y con una voz algo melancólica pedí un té de cayena y leche. Este día tomaba algo diferente a lo que tomaba normalmente, digamos que solo para celebrar mi pronta recuperación. El té era de sabor fuerte y algo dulce con algunas notas picantes por la cayena pero de textura muy cremosa por la leche, la acompañaba con galletitas de vainilla que había comprado el día anterior mi hermano Juan. Observe la calle y algunos chicos pasaban con sus instrumentos afinados y listos para practicar a los alrededores del teatro. Al parecer La Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela iba a dar un concierto esa noche ya que muchos carteles anunciaban tal evento y muchos músicos paseaban por los alrededores con sus impolutas camisas blancas. Una de esas personas que paseaban por el teatro se me hizo muy familiar, aquel uniforme y aquel cabello, el simple pasador en su cabello, sin duda alguna era Elisa con su uniforme del colegio que pasaba tan solo a saludarme.
- ¡Hola! – Dijo suavemente con su voz algo caída.
- ¡Hola! – Respondí yo tratando de ocultar mi alegría y mi ansiedad.
Ella solo se sentó en silencio y dejó sus libros sobre la mesa.
- ¿Te sientes bien?, no te ves con muchos ánimos. – le dije mientras tomaba la taza para darle un sorbo al té.
Ella enmudeció, sus mejillas se tornaron de un color rosa intenso y de sus ojos lágrimas brotaron. Gemía con dificultad pero lloraba muy fuertemente. Y yo no podía notar la razón de por que lloraba tan intensamente.
Le di unas palmaditas en su hombro, ella dejó de llorar y tomó una servilleta y allí escribió:
“Urbanización Valle arriba, Apartamentos Alto río azul, Pent House 5”
Luego tomo mi mano, coloco el papel ligeramente doblado en ella, me miró a los ojos y se levanto de la mesa rápidamente, tomo sus libros y corrió a toda prisa hacia el hotel Hilton sin decir ni una palabra. Aun perplejo y algo confundido quede allí en la mesa, pagué lo que había bebido y salí con mucha seguridad pero con algo de preocupación hacia mi casa.



