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La Coctelera
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In Caracas, VIII

VIII

Réquiem en re menor

Un par de días después desperté con una sensación de que iba a ser un buen día. Ya mi repentina enfermedad no estaba y gracias a mi hermano mayor me sentía mucho mejor. Me sentía confiado y seguro ya que había avanzado mucho con mi escritura que estaba trabajando los días que estuve en cama.

El colegio se me hizo un tanto largo pero todo cambió cuando la profesora de castellano leyó mis escritos y me respondió con un “Interesante pero algo tosco, me gustaría leer un poco más en un futuro si me lo permitieses”. Esas palabras me daban vida, me animaban a seguir escribiendo más. Luego de clases quise pasear por el teatro, seguir con aquella rutina que tanto amaba y extrañaba, darle sorbos a aquel elixir amargo que tanto me gustaba y que tanto me inspiraba además tal vez podía ver a Elisa de nuevo y charlar nuevamente con ella para contarle todo lo sucedido en aquellos días. Tomé un autobús hasta El Boulevard de Sabana Grande y de allí caminé hasta la estación del metro más cercana.

Mientras esperaba el subterráneo pensaba acerca de la vida, se asemejaba mucho a estar en un subterráneo ¿no lo creen?, Cada vez que llega un tranvía las puertas se cierran tan rápido que solo los afortunados pueden llegar a entrar y llegar hacia sus destinos mas rápido, mientras que lo que no pueden lograrlo solo se quedan esperando el próximo viaje, aunque se quedarán esperando hasta que la vida pase y deje sus marcas en ellos.
El aire caliente que emanaba los túneles me hicieron reaccionar, dos luces que titilaban se asomaban al final del camino. El metro se acercaba a toda marcha. La muchedumbre se acercaba al andén mientras se detenía lentamente y al abrir las puertas entré y me senté en un asiento muy cercano a las puertas. El tren se tambaleaba bruscamente de un lado a otro, las personas solo se sujetaban de los pasamanos y algunas solo bostezaban mientras que el sonido de la llegada a la estación les daba aviso a los inquietos pasajeros. Después de unas 4 paradas llegué a mi destino y saliendo por las puertas de color amarillento y vidrios tintados subí directamente hacia la superficie.

El olor de la basura y ese olor acre de la orina eran insoportables pero esos eran los olores que se hacían notar mientras subías las escalinatas que abren paso hacia la estación Bellas Artes. Los jardines Organoponicos ambientaban la estación de manera agradable pero los vendedores ambulantes con su música a todo volumen y sus mesas acaparando la mayor parte de la acera daban mucho de que desear. Caminé tratando de esquivar a varios de los peatones y a los tarantines que me encontraba a mi paso hasta llegar a la pasarela de la avenida las Américas. Al llegar a la mitad vi como a lo lejos se veían las famosas torres del silencio. Termine de pasar y deambule por las tiendas del hotel Hilton Caracas. Observar aquellos lindos objetos a los que yo solo podía aspirar en sueños me parecía fascinante. Crucé la calle y atravesé a un paso a la vez el teatro. La melodía triste de un violín se escuchaba a lo lejos y yo solo me enfocaba en llegar al café.

El café estaba desierto, las mesas redondas y las sillas “chuecas” se encontraban desoladas. La señorita que atendía la caja sonreía amenamente mientras leía una novela rosa vieja. Me senté y escribí una vez mas en mi libreta, quería dejar todas las sensaciones que experimentaba mientras aun estaban frescas en mi memoria. Dejé el lápiz sobre la mesa y me levanté. Llegue a la barra y con una voz algo melancólica pedí un té de cayena y leche. Este día tomaba algo diferente a lo que tomaba normalmente, digamos que solo para celebrar mi pronta recuperación. El té era de sabor fuerte y algo dulce con algunas notas picantes por la cayena pero de textura muy cremosa por la leche, la acompañaba con galletitas de vainilla que había comprado el día anterior mi hermano Juan. Observe la calle y algunos chicos pasaban con sus instrumentos afinados y listos para practicar a los alrededores del teatro. Al parecer La Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela iba a dar un concierto esa noche ya que muchos carteles anunciaban tal evento y muchos músicos paseaban por los alrededores con sus impolutas camisas blancas. Una de esas personas que paseaban por el teatro se me hizo muy familiar, aquel uniforme y aquel cabello, el simple pasador en su cabello, sin duda alguna era Elisa con su uniforme del colegio que pasaba tan solo a saludarme.

Me enderece en la silla adoptando un aire más elegante, mis tazas estaban organizadas y la porcelana blanca se encontraba como si nunca la habían usado antes.

- ¡Hola! – Dijo suavemente con su voz algo caída.

- ¡Hola! – Respondí yo tratando de ocultar mi alegría y mi ansiedad.

Ella solo se sentó en silencio y dejó sus libros sobre la mesa.

- ¿Te sientes bien?, no te ves con muchos ánimos. – le dije mientras tomaba la taza para darle un sorbo al té.

Ella enmudeció, sus mejillas se tornaron de un color rosa intenso y de sus ojos lágrimas brotaron. Gemía con dificultad pero lloraba muy fuertemente. Y yo no podía notar la razón de por que lloraba tan intensamente.

Le di unas palmaditas en su hombro, ella dejó de llorar y tomó una servilleta y allí escribió:

“Urbanización Valle arriba, Apartamentos Alto río azul, Pent House 5”

Luego tomo mi mano, coloco el papel ligeramente doblado en ella, me miró a los ojos y se levanto de la mesa rápidamente, tomo sus libros y corrió a toda prisa hacia el hotel Hilton sin decir ni una palabra. Aun perplejo y algo confundido quede allí en la mesa, pagué lo que había bebido y salí con mucha seguridad pero con algo de preocupación hacia mi casa.

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In Caracas, VII

VII

Cuarenta de Fiebre.

El frío se hacia cada vez mas intenso mientras pasaba la noche, los escalofríos y las constantes palpitaciones en la cabeza hacia que dormir aquella noche fuera una tarea un tanto imposible. Aquella tarde me había empapado mucho y la lluvia me había enfermado. Una gripe horrible se apoderaba de mi cuerpo mientras que la fiebre subía y bajaba mientras pasaban las horas. Aquel día había valido totalmente la pena. Pude observar y hablar nuevamente con Elisa, sentí que le importaba mucho aunque tuviese un novio pero sentía que ella me amaba en realidad como yo también la amaba.

Un escalofrío me invadió, desperté y la lluvia seguía en su apogeo. El techo en mi cabeza no me hacia sentir muy seguro, se escuchaba como piedras cayendo del cerro mientras que los rayos y los relámpagos iluminaban aquella nublada noche. Quizás pudo ser mi imaginación pero pude ver a un gato adulto en la ventana de mi habitación, maullando y lamiéndose su negro pelaje. Sus ojos amarillos me miraron profundamente pero en vez de huir solo se quedó allí sentado viendo la lluvia. ¡Onyx! Susurré, cerré los ojos y ya no estaba.

Mi hermano Juan cuidaba de mi, sentía las compresas frías en mi frente cuando el las colocaba y sentía que el me cuidaba desde la ventana mientras fumaba un cigarrillo. Yo dormía placidamente y allí en mis sueños se presentó ella nuevamente. Elisa vestida como una dama del medioevo y yo como un caballero cual quijote. Un sueño muy intenso el cual luchaba contra otro caballero por el amor de aquella dama pero siempre acababa derrotado por aquel caballero, nunca llegaba a ganar el encuentro y Elisa se me hacia cada vez mas lejana.

Desperté de improviso, tenía sed. Vi el reloj en la pared y note que eran las 2 de la mañana. Pasé por toda la casa en puntillas y me moje con algo de agua que caía de una de las goteras del techo, tome algo de agua de regreso pude ver algo que me llamo muchísimo la atención, vi a Juan dormido al lado de mi cama con un manojo de hojas algo amarillentas. Era sin duda el libro de papá, “Perdido” yo solo lo tomé y lo guardé en mi bolso, luego le cobije con una sabana y yo seguí durmiendo placidamente.

Cuatro de la mañana, el olor del cigarrillo me despertó pero al abrir los ojos nadie estaba allí, una estela de humo solo se veía por la habitación, me quede estático con la mirada fija en la ventana. ¿Estaría Onyx allí?, no lo se, quizás Juan se despertó y lo espantó, quizás aquello fue solo un sueño, yo solo me acurruque en la cama nuevamente y volví a dormir.

Siete y media, el sonido del campanario a lo lejos se escuchaba, unas manzanas se encontraban a mi lado junto unos panes algo duros y una nota a su lado:

“Come bien, no vallas al colegio hoy. Tampoco al teatro. Se muy bien lo que haces allá. Tomate esa pastilla que te he dejado”

Juan.

Estruje aquel papel y tomé aquella jugosa manzana, la devoré y después de tomar una pastilla, comí otra, el hambre me carcomía las entrañas…

 

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In Caracas, VI

VI

“Iluso”

El decorado de la cafetería y lo caliente del café era reconfortante. Aun empapado ponía atención a lo que Elisa hablaba, contaba alguna falacia que no retenía mi cerebro.

- ¿Por qué no pasas ya por el teatro?, es que quiero darte el libro. Deseo devolvértelo. No creo merecer un libro tan bonito como ese y menos de una persona que has conocido solo un par de veces.

- Pero que dices Marcos, es un obsequio de mi parte.
- y lo aprecio mucho, pero va en contra de mis valores. Te pertenece a ti ya que no puedo darte nada a cambio.

Ella quedó pensativa, mirando hacia el reloj de cuco que se encontraba en la pared cercana a la barra. Yo tomé el último sorbo de café y empecé a buscar mi cuadernillo con algo de afán. Ella solo me miró con algo de intriga y dijo:

- ¿Qué buscas tanto entre tus cosas?

- Solo algo que me gustaría que vieras – dije mientras finalmente sacaba el cuadernillo – Aquí es donde escribo mi primera novela.

Ella tomó el cuadernillo azul y algo húmedo y dijo:

- ¿Por qué lo escribes en ese cuadernillo tan viejo?

- Bueno, tal vez sea viejo pero aquí en ese cuadernillo deformado y viejo he escrito las mas hermosas frases que he escrito en mi vida, he abierto mi corazón y he dejado que las musas me guiaran hacia la literatura. Además no debes juzgar a un libro por su portada. Anda Ábrelo.

Elisa tomó su taza de té y la colocó a su lado.

- Además creo que este cuaderno es como una geoda – respondí yo mirando sus profundos ojos café.

- ¿Una geoda?

- Si, una geoda. Es una roca que al exterior tiene muy poco atractivo, es burda y muy tosca pero en el interior posee hermosos cristales de miles de colores por lo que la hace especial. Ábrelo por favor, lee un poco. – respondí en un ligero tono.

Elisa tomo el cuadernillo, hojeó un poco las hojas llenas de logaritmos y ecuaciones y leyó una corta frase en voz alta:

“El amor honesto es un cariño que solo las personas afortunadas pueden sentir pero no todas saben apreciar.”

Al finalizar esa frase cerré lentamente los ojos y escuché como a las afueras del local llovía precipitadamente. Abrí los ojos y vi como Elisa devoraba mis palabras, susurraba con gracia y podía notar como se abrían sus ojos cuando leía algo que le impresionaba.

- ¡Increíble! Tus palabras cobran vida cuando las leo, incluso ya puedo decir que te conozco un poco mas. Sin duda serás un buen novelista – dijo ella mientas tocaba su cabello.

- ¿De veras? Confieso que podría decir que la única persona que me importa su opinión eres tú, por que gracias a ti he escrito lo que has leído. – respondí yo algo sonriente.

Elisa solo enmudeció y sus mejillas tomaron un ligero tono rosa. Hubo un silencio incomodo y luego se despidió con un “debo irme, me esperan”. Le di la mano, dejó unos billetes en la mesa, salió al pórtico, abrió su paraguas y salió corriendo en dirección a la plaza.

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In Caracas, V

V

“A mitad de una llovizna”

Un par de días después seguía sin ver a Elisa pero seguía escribiendo desenfrenadamente mientras pensaba en ella. No se como una chica que tan solo había visto 2 veces había tocado mi corazón y mi inspiración así de repente. Ya no me sentaba a tomar el té en el teatro, pero siempre me sentaba a escribir allí hasta que caía la noche y debía regresar a casa.

Diariamente sacaba al “quijote” para ojearlo y tomar algunas palabras de allí aunque creo que solo lo hacia para asegurarme de que aquel día había sido real. Miraba las grandes letras negras y solo sentía como irresistiblemente ella aparecía en mis pensamientos iluminándolo todo. Después solo guardaba el libro en el último cajón de mi cómoda donde guardaba mis secretos y “tesoros” entre ellos la pluma de papá y sus lentes.
En el colegio me iba bien, no era el más brillante del salón pero sencillamente me iba bien. Matías mi mejor amigo empezaba a notar mi distanciamiento y eso le preocupó, solo me veía mirando al espacio y muy distraído, ya no se juntaba conmigo, ya no hablábamos, solo estaba en mi propio mundo. Pero sorpresivamente esa tarde sucedió algo maravilloso, pero finalmente sucedió.

Yo estaba sentado en aquel banco donde por primera vez me senté a escribir, escribía muy lento, aquel día no podía pensar muy bien pues tenia un ligero dolor de cabeza, solo releía lo que había escrito entonces para iniciar nuevamente con la escritura. El día estaba totalmente nublado y algo frío pero eso no me detuvo a seguir leyendo.
Empezaba a lloviznar, una llovizna suave que le dejaba llevar por el viento, en ese momento reaccioné e introduje mis cuadernos en mi mochila, no quería que mi trabajo se empapara y se perdiera pero quede allí viendo al frente y observando las reacciones de las personas. Olía el aroma de la tierra recién mojada, me reconfortaba, me traía recuerdos felices al igual que una canción que mi padre cantaba mientras cantaba en la ducha “Raindrops keep falling on my head…”

En un instante el viento soplaba mas fuerte y la pequeña llovizna empezaba a crecer, miré al cielo y vi como una enorme nube negra se posaba desafiante sobre la ciudad. Yo quedé allí empapándome con las grandes gotas que ahora caían sobre la plaza, mi mochila a mi lado, mi rostro sin expresión que veía al frente casi sin pestañear y mi cuerpo mojándose con la fría lluvia que caía cada vez mas fuerte.

Ese momento fué cuando la volví a ver, aquellas piernas torneadas y bonitas que había visto mientras atravesaba la calle, aquel cabello castaño y aquella piel tostada por el inclemente sol. Llevaba una chaqueta negra con botones rosas y una falda del mismo color con detalles en color vino. Iba sola pero con algo de prisa, no por la lluvia, creo que iba tarde hacia algún lugar. Ella no se mojaba, llevaba un paraguas muy elegante de color negro en su mano derecha y un bolso de imitación de piel de cocodrilo en negro en la otra que brillaba con las luces de la ciudad.

De repente su bolso cayó en el suelo mojado dejando todos sus enseres por todo el lugar. En ese momento corrí a través de la plaza hasta donde se encontraba ella, levante un par de labiales y su celular. Ella me vio a los ojos y sonrió. No lo había notado antes pero en ese momento pude notar que al sonreír se formaban hoyuelos en sus mejillas.

- ¡Eres tu! - dijo ella mientras se reincorporaba – como puede ser posible esto, ven cobíjate bajo el paraguas conmigo.

- Ya estoy empapado, no tengo remedio alguno – respondí mientras le entregaba sus cosas.

- ¿Por lo menos me podrías permitirme invitarte un té o un café mientras que llega mi cita? Que dices.

Al escuchar la palabra “cita” de sus labios, mi corazón latió cada vez mas fuerte pero le respondí con un suave “si” pues no quería desperdiciar esa oportunidad de volver a hablar con ella. Busque mi mochila, me la coloqué en mi hombro y seguí a Elisa hasta una cafetería a unas calles de allí.

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In Caracas, IV

IV

“Algo esta cambiando”

Los días pasaban y yo devoraba ese libro cada vez más. Lo leía en cualquier lugar, y me encantaba hacerlo, imaginaba aquellas aventuras y me sumergía en ellas, como si fuera una especie de ilusión, de sueño, algo sub-realista el cual uno no puede evitar. Leí aquel libro unas 2 o 3 veces y lo guardaba allí en ese mismo lugar, bajo la cama de mi habitación, nadie buscaría allí.

El lunes que seguía estuve en el café del teatro, estuve esperando a Elisa para devolverle el libro. Era un obsequio pero aun así sentía que tenía que devolvérselo. Era lo correcto que tenia que hacer. Pasaron las horas y ella nunca se presentó. Una melodía sonaba al fondo de la barra. “Algo esta cambiando” de Julieta Venegas. Yo solo tararee la melodía mientras trataba de escuchar la letra de la canción. Al final abrí el libro y allí encontré las grandes letras en color negro que había escrito ella. Repetía aquellas palabras en mi mente. No pensaba en nada más.

Eran las 5:30 de la tarde y ella nunca apareció. Tomé el libro y lo puse bajo mi brazo. Estaba pensativo, que habría pasado con ella. Una parte se veía preocupado por ella aunque era tan solo una extraña para mí. Tomé el metro en la estación de Bellas Artes y me quedé en la estación de la Plaza Francia. Al subir las escaleras solo veía el suelo. Estaba algo triste, melancólico, suspirando, mi único amigo en ese momento era aquel libro y yo.
Ya había estado antes en la Plaza Francia, pero no la recordaba tan hermosa como ese día, las luces recién se encendían y las personas que paseaban por sus alrededores parecía que dejaban una estela de elegancia al caminar, es que es una plaza muy visitada por los Esnobs de la ciudad. Desde la salida del metro miré el obelisco de la plaza, ese símbolo de de imponencia que me remontó a recordar las clases de historia universal y el antiguo Egipto. Desperté del hechizo que había dejado en mí el obelisco y caminé hacia los extremos de la plaza. Caminaba erguido, como si tratara de encajar en ese cuadro que ya había visto antes y me senté en un banco de la plaza.

Allí en ese banco empecé a escribir en mi cuaderno de apuntes de Matemáticas. Antes de iniciar con la primera palabra estuve pensando alrededor de 10 minutos, viendo al vacío y tratando de imaginar como iniciaría aquella historia que borboteaba en mi cabeza. Observé con atención a algunos jóvenes jugueteando con sus Mp3’s y Celulares de Ultima tecnología, también vi a una pareja de enamorados, abrazados y acurrucándose bajo un Viejo Roble que allí se encontraba. Tomé con mi mano derecha el lápiz de grafito que usaba para mis apuntes de clases y la coloqué sobre el papel algo sucio y empecé a garabatear algunas palabras. Al cabo de unos 7 u 8 minutos me detuve, vi hacia el obelisco e inhalé profundamente.

Como si se trataba de una apasionante historia escribía sin parar, ni siquiera el ruido de las cornetas de aquellos automóviles que corrían alrededor de la plaza me distraían del hechizo que las palabras poseían en mi. Escribía una historia algo sentimental y muy personal, escribía acerca de Elisa, como nos habíamos conocido, acerca del el libro y muchas otras cosas, tal vez piensen que era una especie de diario, pero yo no lo veo así, siento que es una retrospectiva de mi corta vida, la vida que inicio cuando conocí a Elisa. Me detuve, miré al cielo arremolinado y vi como las formas de las nubes cambiaban al azar. La tarde le daba paso a la noche y las bombillas de toda la plaza empezaban a encenderse. Cerré mi libreta y guardé mi lápiz en la mochila. Miré a la gran fuente y caminé hacia a ella, muy lento paso a paso. Quería mirar la Fuente una vez mas antes de regresar, miré el agua y observe mi reflejo, vi esos ojos marrones y la nariz de mi padre, me parecía mucho a el cuando era joven solo que poseía el color de un color mas claro y muy ondulado. Los recuerdos se manifestaron, un niño de 5 años y su padre jugando en la plaza mientras ambos sonreían. Una lagrima cayó en el agua y en ese momento tomé una moneda y la arrojé a la fuente lo mas lejos q pude y cerré los ojos por un minuto y los volví a abrir lentamente. Había formulado un deseo.
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In Caracas, III - Segunda parte -

Mi cara se iluminó al ver cual preciado tesoro, me parecía más precioso que el oro o la plata. Toque la suave cubierta y enmudecí totalmente.

- Tómalo, sin compromisos. Se que apenas soy una extraña para ti pero es un regalo que mereces la pena tener. Además un escritor obligatoriamente debe leer al Quijote es como una guía.

- Gracias pero no podría, es un libro muy hermoso, no puedo aceptarlo.

En ese momento sonó la corneta de la camioneta negra en mitad del bullicio de la ciudad. Era la camioneta del padre de Elisa, ella sencillamente se levantó y solo me dijo: “Revisa la primera pagina”Luego la vi subiendo a la camioneta y se fue.

Unos minutos después de que Elisa se fue quedé inmóvil, como si me hubiese congelado el invierno eterno de los Céfiros. No podía tocar ese libro, era muy hermoso. Mis ojos se deleitaban con esa cubierta de cuero y en ese momento abrí el libro y leí la primera página.

“Para el Extraño que conocí ayer”
Elisa

En ese momento mi corazón latió más fuerte y una lágrima cayó por mi mejilla. Luego pregunté la hora a un hombre que por allí pasaba y regresé a la realidad, era algo tarde y no quería meterme en problemas.

Subí la escalera rumbo hacia mi casa, con algo de miedo ya que abundan mucho los ladrones por donde vivo y no quería que se llevaran algo tal preciado como el libro que tenía en mis manos. Mientras tanto unas chicas bajaban los escalones con unas faldas cortísimas de color roja no pude resistir mirarle las piernas a lo que ella respondió, si quieres algo de esto tienes que pagar como los demás.

Al llegar a la casa la puerta se encontraba abierta y mi mamá se encontraba fumando en la ventana. Llevaba una franelilla blanca y unos jeans muy desgastados. Su mirada no se apartaba de la ventana, el humo del cigarrillo inundaba la sala yo solo pasé directo a mi habitación, inspeccioné que no hubiese nadie adentro y cerré la puerta con seguro. Encendí la luz de la habitación, me relajé y empecé a leer detalladamente.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…

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In Caracas, III

III

“Don Quijote de la Mancha”

A la mañana siguiente encontré a mi mamá en el piso, seguro había tomado mucho la noche anterior, trate de cargarla y la lleve a su cuarto como pude. Comí unas arepas que se encontraban en la nevera y Salí al colegio a otra jornada de estudios. En el camino a la parada es autobuses me encontré a Pedro, el me dio algo de dinero y cocaína, la cual yo sencillamente tiré a la basura sin rechistar, no quería volverme como Juan, un joven con los ojos rojos y siempre a la deriva.

En el colegio las cosas no cambiaban mucho, era solo un chico normal que asistía a clases normales, y sacaba notas normales pero me destacaba solo en una, Castellano y Literatura. La profesora Rosita me hacia interesarme mas en ella. A veces me prestaba revistas viejas para leerlas, ya que no había ni un solo libro en la biblioteca y la comunidad de padres y representantes tampoco ayudaban mucho a esta institución. Solo tenía un amigo en el colegio y su nombre es Matías, Matías y yo siempre pasábamos el tiempo juntos y aunque éramos muy diferentes siempre respetaba mis decisiones, era un amigo leal y un buen compañero de clases. Después de las clases Matías me acompañó a la estación del metro, quería ir nuevamente a tomar algo de té a “Bellas Artes” con el dinero que me había dado Pedro anteriormente. Al detenerse el metro, nos despedimos con un buen apretón de manos y salí al andén con algo de prisa, luego me quedé allí viendo como el metro se adentraba a los túneles y dejaba esa estela de putrefacción en el aire.

Después de caminar unos minutos entre al café que se encontraba detrás del teatro “Teresa Carreño”, el donde siempre me sentaba a leer y a tomar un poco de té. Este día estaba mas vacío de lo normal, solo había una pareja de turistas tratando de ubicarse en un mapa de la ciudad. Me senté en una silla y pedí mi té negro con canela como todos los días. Tomé mi cuaderno de apuntes y empecé a escribir, solo escribí una carta para mi mismo sin sentido, solo dejaba que mi musa Kalliope me inspirara como inspiró a Homero para que pudiera escribir la Iliada. Tomé unos sorbos de té, el líquido amargo se deslizó por mi garganta refrescándola totalmente, miré hacia el museo de arte “Sofía Imber” y me puse a pensar en su extraña arquitectura y su distribución. En ese momento vi llegar a la jovencilla que se había sentado a charlar un poco conmigo. Esta vez traía su cabello suelto y liso, llevaba el mismo uniforme que antes solo que esta vez la falda parecía un poco mas corta de lo normal.

- Hola, ¿Puedo sentarme contigo nuevamente?, solo hasta que mi madre me venga a buscar.

- Si, si por supuesto, necesitaba algo de compañía – Vociferé lentamente – Me siento muy a gusto con mis libros y mis escritos pero en ellos no encuentro el calor humano, no puedo hablar con ellos, no tienen un rostro, solo tienen grandes historias y sentimientos perdidos en el tiempo pero no ese calor humano.

- ¡Valla!, si que eres extraño, hablas como si estuvieses solo en el mundo – Dijo ella dejando su mochila en el suelo.

- Creo que si estoy solo, por que aunque esté con mis hermanos o con mi mejor amigo, me siento solo. Es una reacción que no puedo explicar solo sucede.

Ella dejó soltar una risita, tomó una servilleta de papel, la desdoblo y la colocó en su regazo. Llamó al camarero y pidió un café Latte.

- Disculpa si te di una mal impresión al reírme así después de lo que me dijiste, solo me pareció gracioso que hablaramos sin que ni siquiera supiera tu nombre. Me llamo Elisa – Respondió ella dándome su mano.

Yo no moví ni un dedo, solo tomé un poco mas de té.

- Se supone que debías darme la mano y presentarte.

- Lo siento pero no quería molestar a una chica tan fina como tu.

- ¡Tonterías! – replico ella, y me agarró la mano en modo de saludo. – Ahora dime como te llamas.

- Marcos, Mi nombre es Marcos.- No fue tan difícil ¿verdad? Ambos reímos del asunto.

La conversación discurrió muy fácil, era la única persona con la que podía hablar de algunos temas que me interesara y aprender algo más. Ella me contó que su vida no era muy feliz tampoco, hace poco sus padres se habían separado y al ser hija única le afectaba mucho. Pasaba el tiempo en dos casas y no le faltaba nada ya que sus padres querían comprar su amor y ella no podría decidir ya que ama a los 2 por igual.
Pasó alrededor de unos 15 minutos cuando ella interrumpió la conversación repentinamente.

- Lo siento mucho interrumpirte así de este modo pero quiero algo que me gustaría darte. – ella sonrió tímidamente. – desde que hablamos ayer, sentí una conexión y quise regalarte esto.

Elisa sacó de su mochila purpúrea un libro grueso con una cubierta que centelleaba con el sol.
Era algo grande y tenia unas grandes letras en color dorado que decían “Don quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes.

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In Caracas, II

II

“Roto”

Minutos después que la chica se fue, estuve pensativo, mas de lo normal, solo viendo a la calle por donde aquella lujosa camioneta aparcó hace unos minutos atrás. Allí quedé percibiendo un sutil olor a jazmín, (probablemente su perfume) mientras que a su vez podía oler el te negro y la canela.

El mesero se acercó y me preguntó si me encontraba bien, yo solo deslicé 10.000 Bolívares en la mesa, tomé mi mochila y salí a la calle. Se hacia tarde y debía llegar lo mas rápido posible a casa pues Caracas no es una ciudad para que un joven como yo este vagando a estas horas. En casa seguro mi madre y mis hermanos me esperarían.

Yo soy el menor de 5 hermanos y según ellos el consentido, aunque nunca supe por que que me decían así, ya que no me sentí especialmente consentido por mi madre. Mejor pensaba que ser el ultimo era una maldición, ya que nunca tenia ropas nuevas solo lo que mis hermanos mayores me habían dejado, todo era heredado por ellos. Estar en casa no era muy placentero, había muchos problemas que invadían a mi familia. Mi madre fue recientemente despedida de su trabajo y últimamente se ponía de muy mal humor, mis hermanos mayores Pedro y Gabriel habían caído en el trafico de drogas y eso nos afectaba a todos ya que Juan a partir de eso había empezado a consumir estupefacientes. Carlos que era el que precedía a Juan tenía 18 años y ya había tenido algunos antecedentes penales, por hurto e invasión a la propiedad. Cada vez que había una pelea casera trataba de no pensar en ello, iba al baño y me encerraba, lloraba, me deprimía, me afectaban demasiado esas situaciones.

Después de tomar el metro y tomar 2 autobuses pude llegar a casa, era una pequeña casa de bloques de una mano de obra barata, pero muy cómoda aunque había muy poco espacio para 6 personas pero me sentía cómodo, no necesitaba lujos ni opulencias para poder vivir, solo necesitaba a mi cama, mis libros y mi posesión mas preciada, una vieja pluma montblanc de color negro perlado que me había regalado mi padre aquella noche antes de morir en manos del hampa común.

- ¿Por qué llegas tan tarde? - dijo mi madre al verme llegar.

- Me he detenido solo a tomar algo por allí, y me he entretenido un poco. – respondí yo mientras dejaba mi mochila en el piso de cemento crudo.

- Arg, desperdiciando el dinero otra vez, no somos “millonarios” para que estés botando el dinero en tu té de canela y leyendo libros que no comprendes, sinceramente a veces pienso que estas “roto”.

- Solo trato de ser alguien en la vida, como lo era mi papá.

- Tu padre creía que con unas cuantas paginas se haría famoso, esta vida no es fácil Marcos, nos morimos de hambre y tu solo piensas en libros y té – respondió con una voz fuerte y se introdujo un cigarrillo en su boca decolorada por el tiempo.

Yo enmudecí y fui a mi habitación, no dije ni una palabra, al entrar a la habitación se encontraba Juan en la ventana, fumando un cigarrillo mientras que se asomaba por la ventana. Al cerrar la puerta el solo me miró de pies a cabeza y volvió a lo que hacia.Empecé a descalzarme los zapatos negros escolares despintados por el tiempo y quitarme mi uniforme escolar de color caqui, esa noche seria otra noche el cual no cenaría. Me recosté en la cama viendo el techo color gris que cambiaba de color con las sombras.

- ¿Otra vez leyendo el libro de papá? - dijo una voz que provenía de la ventana.

- Que puedo hacer, es lo que me hace recordarlo, cada vez que leo esas paginas me lo imagino, recuerdo cuando sonreía, acariciaba mi cabeza y me contaba esas historia que me hacían dormir con una sonrisa en los labios.- Respondí yo aun en la cama.

- Yo no recuerdo a papá, él se parece mucho a ti, con esos ojos de color tan peculiar y esas ideas de escribir y vivir de los libros. Vamos Marcos, ¿no quieres un cigarrillo? para que no duermas con el estomago vacío - expresó Juan mientras daba una bocanada a su cigarrillo que iba casi a la mitad.

- No fumaré, no lo haré nunca Juan. Papá no lo hacia y tampoco lo haré yo. Me iré a la cama. Hablamos en la mañana.
Esa noche dormí algo incomodo, el olor a humo era muy fuerte y el hambre que me invadía a la media noche se hacia muy doloroso.